Viernes Santo. Santander. ¿Estamos en 1950 o en 2012? No iba a una procesión de Pascua desde los once o doce años, es decir, casi dos décadas. No he encontrado nada diferente a cómo yo las recordaba. Tan solo me faltó algún paisano cantando saetas desde su balcón, tal y como lo hacían en el pueblo de mis abuelos paternos, en Toledo.

Pero lo demás sigue igual: tronos, cristos, vírgenes, platas, flores, nazarenos con sus capirotes -sobre todo morados y negros- penitencia, pies descalzos, señoras con mantilla, olor a incienso, curas solemnes, costaleros sufriendo, crucifijos, niños aburridos…

Esta niña se frota los ojos por el sueño, minutos antes del inicio de la procesión.

Un sacerdote escoltado por dos nazarenos

Un nazareno abre la comitiva

Las ancianas con mantilla nunca faltan en un paso

Pies descalzos, tatuados según la moda de los nuevos tiempos

Esperando la salida

Filas interminables

La pesada carga de la penitencia

El incienso, que no falte

No cuento nada nuevo cuando digo que el oficio del periodista está peor que nunca. A nuestra eterna crisis se ha unido una nueva, la económica. Y esto ha sumado más despidos, más cierres de medios y más precariedad a la profesión. Por no hablar de la mala imagen que nos hemos ganado por culpa de los ‘periolistos’ sensacionalistas, mentirosos que tenemos, que son los menos pero hacen más ruido que ninguno. Me irrita muchísimo que hoy en día haya quien piense que el trabajo del periodista lo puede hacer cualquiera. No tengo nada en contra del periodismo ciudadano bien hecho, pero, dos puntualizaciones:

El periodismo ciudadano es un complemento del periodismo profesional. Es necesario pero no puede reemplazarlo. Y dos: no todo el que se hace un blog y escribe sus majaderías es periodista. Una noticia informativa, o al menos una bien hecha, debe llevar por delante investigación, contrastación de datos,  honestidad a la hora de reproducir la información que hemos obtenido (ya que la objetividad es imposible, pero de eso hablaré otro día), buena redacción y nada de opiniones. Seguro que me dejo cosas porque yo no dejo de ser una novata todavía. Pero sé que todo eso es muy complicado de conseguir. Los periodistas no debemos dejar de decir al mundo que nuestro trabajo debe ser valorado, que es un servicio público que cumple con el derecho constitucional de toda persona atener una información veraz, y que no somos felpudos: los textos y las fotos se pagan, porque tenemos la mala costumbre de comer dos o tres veces al día. Qué cosas…

Mi solidaridad va también hacia los fotógrafos, sobre todo los de prensa porque son los que tengo más cerca. Desde la popularización de las cámaras digitales también tienen que soportar ver cómo cualquier espabilado con cuatro fotos medio monas -o ni eso-  ya se cree Frank Capa. Es un insulto al aprendizaje, sacrificio, humildad y experiencia de los camarógrafos.

Así, me veo en la obligación -por deber y por convencimiento- de reproducir y difundir desde este humilde espacio las diez razones por las que los periodistas madrileños nos concentraremos el próximo 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa.

1. Porque somos periodistas y nuestro deber es elaborar informaciones veraces, rigurosas, contrastadas y contextualizadas, no simplemente rellenar espacios vacíos en los medios de comunicación.

2. Porque no podemos aceptar ruedas de prensa sin preguntas y debemos acabar de una vez por todas con la estrategia de negar explicaciones a los ciudadanos #sinpreguntasnocobertura.

3. Porque no queremos ser meros distribuidores de información elaborada por los poderes políticos, económicos, culturales, deportivos y de cualquier otro sector.

4. Porque defendemos un periodismo libre de presiones y servidumbres políticas y económicas que nos devuelva la credibilidad ante la ciudadanía.

5. Porque los periodistas queremos asumir, con todas sus consecuencias, nuestro papel de garantes del derecho constitucional de los ciudadanos a una información veraz.

6. Porque demandamos una retribución digna por nuestro trabajo #gratisnotrabajo.

7. Porque no queremos que puestos estructurales de las redacciones sean ocupados por becarios y porque nos oponemos frontalmente a la desaparición de las redacciones de los periodistas experimentados, a los que se reemplaza con contratos de salarios indignos.

8. Porque queremos que se ponga remedio a la destrucción masiva de puestos de trabajo que están aplicando los editores en los medios de comunicación.

9. Porque queremos defendernos del intrusismo en nuestra profesión.

10. Porque rechazamos que los empresarios de los medios de comunicación antepongan los intereses económicos al derecho de los ciudadanos a estar verazmente informados, obviando los principios éticos y deontológicos de la profesión periodística.

 

Pintada en una calle de Sarajevo. Marzo de 2010

Este mes de abril de 2012 se han cumplido 20 años del inicio de la guerra de Bosnia. Cuando acabó, en 1995, el conflicto había  dejado 100.000 muertos y dos millones de desplazados en un país de cuatro millones de habitantes. Los acuerdos de Dayton firmados en ese mismo año pusieron el final teórico, pero en la práctica, el país está desmembrado y sumido en la inoperancia. Bosnia y Herzegovina se convirtió en una república federal formada por dos entidades:  la Federación de Bosnia y Herzegovina (con población croata y bosnio-musulmana) y la República Srpska (fundamentalmente serbia), cuya capital es Banja Luka. Estano fue subdividida en cantones y por tanto funciona un poco mejor.

Con motivo del 20 aniversario del inicio de la guerra, el diario EL PAIS organizó un debate en el Círculo de Bellas Artes de Madrid para analizar las consecuencias del conflicto. Sus ponentes fueron cuatro periodistas que cubrieron la guerra como enviados especiales: Gervasio Sánchez (El Heraldo de Aragón), Maite Rico (EL PAÍS), José Luis Márquez (TVE1) y Alberto Sotillo (ABC).

Bosnia ha sido olvidada en la comunidad internacional, y lo estuvo mientras duró el horror de la guerra. “Murió en la más absoluta indiferencia política, diplomática e intelectual”, denunció Gervasio Sánchez,  que también es Premio Nacional de Fotografía,  nada más comenzar la charla.

“Los políticos se montaban su pelicula de odios inmemoriales para decir que aquello no tenía remedio”. Sánchez acusó a los dirigentes internacionales de que utilizaron el conflicto para justificar el derecho de injerencia humanitaria que se aplicó después a otros conflictos”.

Puerta de entrada de un aparcamiento, en Mostar. Marzo de 2010

Desconocimiento

Alberto Sotillo advirtió del desconocimiento de la realidad del país por parte de las élites políticas y diplomáticas, que “se veía la desinformación de quienes tomaban las decisiones”. ”Los políticos se montaban su pelicula de odios inmemoriales para decir que aquello no tenía remedio”. Sánchez acusó a los dirigentes internacionales de que utilizaron el conflicto para justificar el derecho de injerencia humanitaria que se aplicó después a otros conflictos”. Gervasio Sánchez fue más allá: “Javier Solana hizo su carrera política gracias al conflicto”, añadió.

Frente a ello, los cuatro periodistas estuvieron de acuerdo en que la cobertura por parte de los medios fue muy comprometida y moralista: se contó y se contó bien lo que estaba pasando. Pero esto, al parecer, no o basto para que se pusiera fin a la masacre. El punto álgido de esta barbarie ocurría entre el 13 y el 22 de julio de 1995, cuando en Srebrenica las tropas serbo bosnias asesinaron a 8.000 varones musulmanes. Los cascos azules holandeses, que estaban  muy cerca, no intervinieron. “Los responsables estaban en Bruselas y Sarajevo”, opinó Gervasio Sánchez, pero no se envió ningún apoyo militar ” a tiempo para evitar ese genocidio”.

El problema de Bosnia es que es un país donde se ha hecho una chapuza, está dividido en estas dos entidades, a su vez divididas en muchos cantones. En la práctica no tienen nada en común, no se coordinan entre sí para avanzar hacia ninguna parte. “Es un caos institucional”, explicaba Maite Rico.

Y además está el problema étnico, un problema que siempre estuvo ahí  pero que no se hizo tangible hasta la guerra. “En Bosnia se sabía que el país era frágil, pero en la vida cotidiana no se sentía que el conflicto pudiera saltar así, no por motivos étnicos. Un 30% de los matrimonios eran mixtos“, recordaba Rico.

Ahora, en una ciudad tan multiétnica con lo fue Mostar, serbios y croatas viven en paralelo: “tienen sus propias redes telefónicas, escuelas diferentes… Así no se puede aspirar a una buena convivencia” puntualizó la reportera. “Las huellas de la guerra no se han cerrado, ni se cerrarrán en mucho tiempo”.

Lápida en un cementerio musulmán de Sarajevo. Marzo de 2010

La libertad de prensa en Bosnia

Los cuatro corresponsales también comentaron algunos de sus recuerdos personales de la guerra, y todos coincidieron en que fue un conflicto que se cubrió con total libertad, ya que nadie te prohibía ir a ninguna parte. “Por eso es la guerra donde mas periodistas murieron“, señaló José Luis Márquez. “Mi experiencia es que Bosnia ha sido un sitio donde nos hemos podido mover con el 99% d eibertad. Hacíamos donde queríamos, nos reuniamos donde nos apetecía y hacíamos las imágenes que queríamos”.

También fue la más cruda:  ”Me parecía extrañísimo que estuviera pasando lo que pasaba en el centro de Europa. En otras guerras acababas de trabajar y te ibas al hotel a comer, darte una ducha, relajarte un poco… En Sarajevo no. Los hoteles no tenían ventanas, ni paredes muchas veces. No había donde hacer un paréntesis. Fui consciente por primera vez de lo que suponía pasar una guerra”, recordó Márquez.

Esta piedra  en el puente de Mostar recuerda el cruento año de 1993. Marzo de 2010.

El futuro de Bosnia

Han pasado 20 años y no hay visos de encontrar una solución definitiva para Bosnia. Los culpables no fueron ajusticiados debidamente: muchos generales fallecieron de viejos sin haber rendido cuentas ante la Justicia, entre ellos el expresidente Slobodan Milosevic. , que según la versión oficial murió en su celda de un infarto en su celda antes de recibir su condena. Otros como Radovan Karadžić, ex presidente de la República Srpska y actualmente en juicio en La Haya junto a Mladic, entregado por Serbia como gesto de buena fe para entrar en la Unión Europea todavía esperan a que se inicie su juicio en el Tribunal de la Haya, que se iniciará el 14 de mayo.

En lo político, podría ayudar la entrada del país en la Unión Europea, pero eso es a todas luces imposible: La UE no está ahora mismo para recibir nuevos miembros con la tremenda crisis que sufre. Pero lo más importante no es eso, sino que, la estructura actual del país impide tal cosa. Aunque en diciembre de 2011 se acordara la formación de un Gobierno único para todo el país tras 15 meses de vacío institucional, esto no significa que vaya a desbloquearse la complicada administración del país. Además, tal y como recordó Alberto Sotillo,  “la Unión Europea está hecha sobre la base de estados-nación. Mientras Bosnia no lo sea, no tiene solución, Europa no va a poder hacer nada”, opinó.

En lo humano, las heridas son mayores. Veinte años después ya no es lo que era antes de la guerra. “Ha evolucionado hacia la paz sin ayuda de la comunidad europea, sigue habiendo crisis de identidad, que puede ser el caldo de cultivo de futuros conflictos. Los jóvenes no pueden mirar a Europa porque saben que no hay sitio para ellos”, argumentó, pesimista, Gervasio Sánchez, quien también hizo hincapié en el “estrés post-traumático” de su población, del que nunca se habla. Con esto, el periodista puso el dedo en la llaga acerca de la poca atención, también por parte de la prensa, que se presta a las víctimas de las guerras una vez que ha pasado el conflicto bélico.

Alberto Sotillo destacó que toda Yugoslavia necesita realizar una catarsis y verdadero arrepentimiento para poder seguir adelante: “Necesita lágrimas, no de rabia sino de arrepentimiento”, señaló. Para Maite Rico, es necesario “mantener la dignidad y la cordura de las víctimas”, porque de su “desagravio” dependerá en parte el futuro de Bosnia.

El rey de España con un ejemplar de elefante recién cazado. Foto: Rann Safaris

Se ha levantado un enorme revuelo en toda España con la noticia de que el Rey D. Juan Carlos estuvo matando elefantes en Botswana durante los últimos días, hasta que se rompió la cadera. Le han pillado.

Nunca me había declarado especialmente monárquica, y tampoco lo contrario. Veía a D. Juan Carlos como un señor que en su día tuvo un papel muy importante porque el 23-F defendió la democracia y tuvo su valor en la transición. Pero a raíz de la foto en la que sale con ese pobre elefante reventado tras de sí, orgulloso él con el escopetón en la mano, sin aparente pesar por lo que tiene detrás, me ha dado un venazo republicano muy considerable.

El Rey ha demostrado muy poca sensibilidad despilfarrando dinero en esa hortera, innecesaria y sanguinaria afición por cazar pobres elefantes. Esto, de momento, ya ha provocado que cerca de 50.000 españoles pidan que abandone la presidencia honoraria de la ONG Pro derechos de los animales WWF-Adena.

Pero lo más importante, sin menospreciar lo anterior, es la absoluta falta de tacto con la penosa situación que atravesamos. No importa si le invitaron o si lo pagó él. Ni siquiera de ser así estaría justificado un derroche de 37.000 euros, por muy suyos que sean, en semejante viaje. Lo mismo ocurre con su tiempo libre. Una cosa es que tenga derecho a la intimidad como todo hijo de vecino, pero este señor es el rey de España, de la misma manera que tiene unos privilegios reservados exclusivamente a su persona, tiene unas obligaciones. Y estas pasan por no perderse como el Cantares por ahí, y por quedarse junto a su pueblo, el de los cinco millones de parados, el de las dos millones de familias que no perciben ingresos.  Pero lejos de ello, el Borbón se pasea de cacería por África. ¿No suena esto muy a los tiempos de Felipe IV de Austria?

Para más inri, lo hace cuando hace sólo dos semanas se hacían públicos los Presupuestos Generales del Estado, en los que se detalla que la Casa Real sufre una reducción de un miserable 2%, es decir, de 170.000 euros. Mientras, los recortes en Sanidad y Educación ascienden a 10.000 millones de euros. ¡Qué poco le importa su pueblo a este señor! -dice la gente. Luego habla de comportamientos ejemplares en sus discursos navideños…

La monarquía cada vez tiene un papel menos importante en la sociedad. Lejos quedan ya los tiempos de la transición hacia la democracia, cuando la figura del Rey pudo tener algún sentido. Pero los tiempos cambian, el Rey tiene 74 años y ya va siendo hora de plantearse el futuro. Cada vez va siendo más necesario replantear el papel de la Casa Real porque cada vez es más difícil defenderla.  Pero ningún medio de comunicación pone este asunto sobre la mesa. Y los más grande, incluso los más izquierdosos, se muestran excesivamente tibios a la hora de criticar, enjuiciar o simplemente informar de estos desmanes borbónicos. Existe un celo exagerado a la hora de tratar los de asuntos relacionados con la Casa Real, cuando lo que hace falta es dejar la pleitesía a un lado y, sin faltar al respeto, claro que no, llevar a las páginas de los periódicos este debate, que cada vez piden más ciudadanos.

Hoy inauguro un nuevo ciclo de entradas en este blog, que va a ir sobre películas que hablan de periodismo, o donde salen periodistas, o cuya trama está relacionada de alguna manera con este oficio.

Ausencia de Malicia (1981) es un largometraje dirigido por Sidney Pollack y protagonizado por Paul Newman y Sally Field. Trata sobre las consecuncias que una mal entendida libertad de prensa puede acarrear a personas inocentes.

En el filme, Newman es Michael Gallagher, un empresario corriente y moliente de Miami salvo por un detalle: que su padre fue un conocido malhechor. Este vínculo familiar crea suspicacias en la policía y decide convertirle en el chivo expiatorio por el asesinato de un líder sindicalista. Una oportuna filtración a una ambiciosa periodista pone el rostro y el nombre de Gallagher en la primera plana de los periódicos, lo que le acarrea una serie de importantes desgracias desde ese momento.

La película juega con el término “ausencia de malicia”,  utilizado en el ámbito jurídico de Estados Unidos para exonerar de responsabilidad a los periodistas que publican informaciones falsas sin saber que lo eran. Lo que hace Pollack es una crítica muy acertada hacia la ausencia de responsabilidad de los medios de comunicación, personificados en este caso en una redactora muy poco profesional. En este caso, la publicación de unas filtraciones sin contrastar arruinan la vida a un hombre inocente. Gracias al poder de influencia de la prensa, el principio de que uno es inocente hasta que no se demuestre lo contrario cambia a justo lo contrario: que uno es culpable hasta que no demuestre que no lo es.

Ninguno de los personajes se salva de la horca, pero el de la periodista Megan Carter es el peor parado.Es una mujer joven y adicta a su trabajo, que busca el reportaje de su vida, y que aparentemente no cae en la cuenta de las consecuencias que puedan traer sus actos. Comete errores sin malicia, pero imperdonables: revela fuentes, no investiga las filtraciones que recibe creyendo todo a pies juntillas y no respeta el deseo de una fuente a que su nombre no salga publicado. Y cada uno de estos fallos trae consecuencias terribles. En este caso, la libertad de prensa pasa por encima de la presunción de inocencia, algo que a todas luces es un error.

El final de la película es muy adecuado porque no hay ganadores, sino que todos pierden algo, todos tienen una mancha en su expediente personal y profesional. Enseña que los errores, aunque se hayan hecho sin querer, se acaban pagando, y que el poder de los medios de comunicación a la hora de desprestigiar a una persona o una empresa es enorme, por lo que hay que ser muy prudente al publicar cualquier información. A pesar de que el filme tiene más de 30 años, esta reflexión sigue plenamente vigente hoy en día, especialmente ahora, cuando además de la televisión, la radio o la prensa escrita también hay que tener cuidado con Internet, con toda su inmensidad y la rapidez de propagación de noticias que conlleva.

No me puedo ir sin decir, que pese a que la película fue nominada a tres Oscars, tiene claroscuros. La historia de amor, si se puede llamar así, entre los dos protagonistas es cutre y está muy mal traída, no pinta nada en la trama. Eso sí, siempre es un placer tener a Paul Newman en la pantalla.

Dos huelguistas hacen pintadas sobre un escaparate de la Gran Vía

Son las once y cuarenta de la noche del 28 de marzo, quedan veinte minutos para el inicio de la huelga y la calle Preciados y la Puerta de sol están desiertas. No hay más gente que una noche de fin de semana normal. Contrasta con la imagen de la huelga del 29 de septiembre de 2010, cuando la plaza estaba hasta arriba de huelguistas y se montó un escenario enorme desde el que los líderes de CCOO y UGT, Toxo y Méndez, arengaban a los asistentes… Un par de patrullas de la policía nacional se aburre en los accesos a la plaza por Preciados y Montera. Saben que Sol es un punto caliente, pero ahora la acción se concentra en la plaza de Santa Ana, Tirso de Molina y Cibeles, desde donde va a arrancar una marcha de piquetes. Les informan de que en Mercamadrid y en varias cocheras de transporte municipal hay altercados y no están saliendo los autobuses. A ellos les toca quedarse quietos un rato más.

Un cartel atado entre dos farolas, a bastante altura del suelo, baila por la acción del viento, solitario y provocador,  proclamando su eslogan “Quieren acabar con todo”.  Pero es el único que protesta. Solo hay inmigrantes vendiendo cerveza y algunos grupos de jóvenes sentados de charla  en la fuente de la plaza.

En la Puerta del Sol hay cuatro gatos. Son los primeros minutos del 29M

Las proximidades de Huertas no están tampoco en huelga. Un grupo de estudiantes alemanes, de veintipocos y con bastante licor en el cuerpo, se declara absolutamente ajeno y desinformado acerca de sus posibles efectos. Los bares están abiertos, dan cerveza, ponen música. La gente se ríe y se divierte. La vida es bella para los guiris y no cambia el 29M. Dos relaciones públicas de las discotecas  Mona Lisa y Mandala reparten flyers como cualquier otro día. Sus jefes les han dicho que en principio no van a cerrar. Y creen que otros bares de copas tampoco.

Un hombre quita los restos de una pegatina del cristal de su negocio en la Gran Vía

Según se avanza hacia Cibeles se ven más octavillas tiradas por el suelo, pintadas en los muros, pegatinas por todas partes… pero hay comercios que siguen abiertos. A lo lejos se escuchan muchas voces lanzando consignas, y también pitidos y bocinazos. El helicóptero de la policía nacional que sobrevuela nuestras cabezas también aporta su dosis de ruido.

Un piquete camina ante la vigilancia de la policía, en el centro de Madrid

“No queremos quitarles sus trabajos, pero tampoco pueden pasar por encima de nosotros”. Carlos, miembro de un piquete de CCOO se queja de la gestión del gobierno de Mariano Rajoy. El haber llegado a hacer una huelga es un fracaso, asegura, porque significa que no ha sido posible llegar a un acuerdo mediante el diálogo. Lamenta que Rajoy no haya querido ni siquiera reunirse con los líderes sindicales para negociar la reforma laboral. Sabe que es muy posible que no se consiga nada, pero añade que quedándose en casa no se hubiera sentido a gusto. “Hay que defender los derechos que a nuestros antepasados les costó tanto esfuerzo conseguir”, remacha.

La marcha huelguista a su paso por el Banco de España

Carlos se encuentra en la sede de CCOO en Madrid, en la calle Lope de Vega, casi en la esquina con el paseo del Prado. Aquí sí hay gente: de la nada van surgiendo grupos de piquetes informativos con banderas del sindicato que poco a poco forman una masa nada despreciable, de unas mil personas, quizá más. Se disponen a recorrer Madrid. Suben por el paseo del prado hacia Cibeles y cortan parcialmente el tráfico. Un grupo de chicos jóvenes, algunos con estética punk, se enfrenta a un taxi, obligado a parar para no atropellar a nadie. Insultan, llenan los cristales de pegatinas y golpean varias veces el vehículo. Un señor de barba blanca y su mujer, que también van con la marcha, les reprenden por su comportamiento y les animan a continuar de forma pacífica.

Este taxi acaba de ser golpeado por varios manifestantes

Es la una y media de la madrugada y los mil y pico almas suben por la Gran Vía bajo una fuerte presencia policial. Se cuentan lecheras en cada esquina, hay agentes antidisturbios y policía municipal siguiendo muy de cerca a los manifestantes. Estos van cerrando los comercios que encuentran a su paso. En una cafetería se produce un pequeño enfrentamiento entre un camarero y un piquete. El primero se ríe provocadoramente y les saca fotos con su móvil, apoyado en la puerta del negocio. Un chico joven se planta muy cerca de él y le hace lo mismo. Mientras, el resto de empleados recoge las mesas y sillas de la terraza a toda prisa, para echar el cierre y evitar conflictos.

El dueño de un comercio hace fotos a los piquetes

En el Burguer King también hay roces entre la encargada del establecimiento, unos clientes que acababan de entrar, y los piquetes. La primera les dice a gritos que se vayan y la dejen en paz porque ya están cerrando. Los segundos se quejan por ser expulsados del local nada más llegar e increpan a los manifestantes. Y estos últimos también insultan a todos los demás.  Son las recriminaciones clásicas en estos casos: “vagos”, “gamberros” por un lado y “esquiroles” y “pijos de mierda” por el otro.

Una empleada del Burguer King se enfrenta a los piquetes mientras le hacen un grafiti en la puerta

En el Café y Té de la misma Gran Vía se produce una situación desagradable. Un grupo de cuatro chavales muy jóvenes, de unos 20 años, insultan repetidamente al encargado de la cafetería, que custodia la entrada del local, cerrado ya a cal y canto. Los chicos le acusan de no luchar por los derechos de sus descendientes, pero también le llaman “hijo de puta”, “aprovechado” y “sudaca de mierda”.  Este hombre se llama David y se declara socialista y de izquierdas de toda la vida. Ya más tranquilo después de los insultos, asegura que está a favor de la huelga, “pero una huelga que hagamos todos, y no de cuatro que van montando jaleo e imponiendo sus ideas”. Le indigna que le acusen de que el día de mañana sus hijos no van a poder comer, y que se lo digan chicos tan jóvenes que “seguro que no han trabajado en su puta vida”. Dice que prefiere trabajar ahora para poder seguir dando de comer a sus hijos de momento, porque si se queda sin empleo, entonces sí que no va a comer ninguno.

Los piquetes informativos piden con megáfono que se cierren todos los comercios

En el Palacio de la Prensa el piquete no tiene éxito. La discoteca que abre cada noche en este histórico edificio madrileño cuenta con fuertes medidas de seguridad. Al menos diez “gorilas” custodian el acceso y la integridad de los asistentes, que son unos cuantos, por cierto.  Miguel, jefe de seguridad de la discoteca, está absolutamente en contra de hacer huelga “en un momento tan malo para el país”. Ahora es el momento de trabajar más y arrimar el hombro. Él asegura que prefiere colaborar con su jefe todo lo posible porque, dice, si la empresa quiebra, el primer perjudicado va a ser él. Por eso y por la magnífica relación de amistad que mantiene con su superior. Horas más tarde se produciría una carga policial contra un piquete en el mismo acceso del Palacio.

Mucha seguridad privada en las puertas del Palacio de la Prensa

A estas alturas de la noche,  el pavimento de la Gran Vía está cubierta de octavillas, y sus muros y escaparates enterrados bajo pintadas y pegatinas. Algunos miembros de la marcha no disimulan delante de la policía y, aprovechando la nocturnidad y el revuelo, vacían sus sprays sobre las paredes. Las sucursales bancarias y los cajeros son los más dañados, igual que los escaparates de tiendas de moda y de grandes marcas: Loewe, Zara, H&M… quedan completamente cubiertas.

Bote de humo en medio de la Gran Vía

En medio de la agitación, aparece como salido de la nada un Alex de la Iglesia que intenta, sin éxito, pasar desapercibido. Asegura que va a hacer la huelga, pero no se une al piquete. “Ahora intento llegar a mi casa”, dice antes de llegar a la acera Gran Vía con la plaza de Callao. Allí, un grupo de chicas empieza a perseguirle sin piedad a pesar de los intentos del cineasta por desaparecer.

Un transeunte observa el escaparate dañado de la tienda de Loewe Gran Vía

El piquete, ya a la altura de la calle Alberto Aguilera, es algo menor, contará con unas 700 personas. El muro de ladrillo de ICADE –una de las universidades privadas mas exclusivas de España- luce una descomunal pintada que reza “Niños de papá, huelga general”.  En San Bernardo, una señora se asoma a un balcón y reprende a un grupo que toca una bocina. Les recrimina que hagan ruido porque “hay niños durmiendo” y les llama gilipollas. Unos metros más adelante, otra señora, en bata y zapatillas, se encara con otro piquete y les lanza insultos de todo tipo, pero nadie le sigue la corriente y al final la señora se queda sola en medio de la calle pegando gritos al vacío.

Un cámara de televisión graba el momento en que un chico planta una pegatina en un escaparate

Un poco más lejos, en pleno Paseo del Prado, un grupo de jóvenes de Juventud sin Futuro hace una rápida asamblea espontánea. Se ponen de acuerdo para ir en coches compartidos hacia las cocheras de autobuses de la EMT, y se levantan muy rápido porque temen los furgones policiales aparcados a unos cien metros de ellos.

Asamblea exprés en pleno Paseo del Prado

Son las tres y media de la madrugada y los piquetes de CCOO han vuelto a la sede del sindicato,  que ha habilitado unos puestos de alimentación donde se reparten bocadillos, refrescos, agua y café de manera gratuita para todo el que lo pida. Está llena de gente la sede. A estas horas se nota el hambre, y el cansancio empieza a hacer mella. El salón de actos acoge a unas 400 personas, la mayoría hablan entre ellos o descansan, o incluso echan una siesta antes de espabilarse para ir a las cocheras de autobuses, donde van  a continuar con su labor informativa.

Según datos de la organización, se han comprado 4.000 bocadillos, y 6.000 refrescos. Echando un vistazo detrás de las barras, se adivina que  ya se han repartido al menos 2.800 bocatas. Eso da una idea de la cantidad de gente –sindicalistas o huelguistas que se han unido a sus piquetes- que se mueve por Madrid esta noche.

Bocadillos y refrescos para todos en la sede de Comisiones Obreras

En la quinta planta se reúnen miembros de la organización. Saben que la página de la Red Eléctrica Española es un excelente y fiable medidor para conocer el seguimiento de la huelga. En esta web se pueden consultar unos gráficos actualizados en tiempo real que muestran el consumo previsto de electricidad y el consumo que de verdad se ha hecho. Otros días van prácticamente a la par, mientras que hoy, y desde las diez de la noche, el consumo de electricidad es en este momento un 20%, inferior a lo estimado, lo que significa que sí se están parando fábricas que secundan la huelga. La sensación entre los organizadores y responsables de CCOO es de satisfacción.

En el salón de actos de la sede de CC.OO muchos aprovechan para descansar un rato

Uno de ellos se indigna con las acciones violentas de algunas personas durante los piquetes. Insiste en que hay algunas personas que no pertenecen al sindicato pero que se unen a sus piquetes y provocan disturbios. Se queja de que la prensa transmita una mala imagen de ellos, como si fueran los violentos.

La policía impide el paso de los piquetes a la cochera de la EMT en Carabanchel

Son las cuatro y media de la madrugada y Rafa, miembro de CCOO, está haciendo viajes entre la sede del sindicato y las cocheras de Carabanchel con su Citroën gris. Realiza una labor solidaria llevando de un punto a otro a chavales que quieren estar en el piquete y no tienen medio de transporte. Como hay muchos voluntarios yendo y viniendo con sus vehículos, Rafa calcula que con un par de viajes de cada uno bastará para recoger a la treintena de jóvenes que aún esperan en la calle Lope de vega esquina con el Paseo del Prado.

Unas cuatrocientas personas se reúnen en las cocheras de Carabanchel

Son las cinco, y los autobuses que cumplirán los primeros servicios mínimos este 29M comienzan a salir de las cocheras de Carabanchel. Les esperan unas 400 personas, separadas del recorrido de los vehículos por un cordón policial. Hay una gran hoguera encendida, el frío se nota a estas horas. Casi todo el mundo viene bajo la bandera de CC.OO, pero también se cuenta algún miembro de CNT y una cincuentena de jóvenes del 15M.

Una cadena humana se prepara para romper el cordón policial

La presencia del cuerpo de caballería de Policía Nacional impone miedo. Se nota porque los caballos se encabritan a pesar de que en el momento de la salida nadie está gritando ni armando escándalo. Tras unos segundos de cierto temor por el comportamiento de los animales, los agentes dominan la situación y posicionan al menos ocho caballos frente a los piquetes.

Sale el quinto de caballería del Cuerpo Nacional de Policía

La policía vigila a los huelguistas desde sus monturas

Sin embargo, los minutos pasan sin incidentes,  salvo por algún huevo volador e insultos a los conductores que emprenden la marcha. Un miembro de CC.OO coge un megáfono y pide a sus compañeros que no se insulte porque estos trabajadores cumplen servicios mínimos pactados. Algún autobús vuelve a cocheras por incidentes menores: una luna lateral rota, un cristal delantero completamente embadurnado con pintura de spray rosa…

Un autobús regresa con pintadas a las cocheras

Son las seis de la mañana, casi ha terminado la misión del piquete informativo, pero es ahora cuando suceden los incidentes. Lo sorprendente es que no coincide con la salida de ningún autobús municipal, contra los que no se registra ninguna acción violenta.

Comienza la refriega entre policía y piquetes

El enfrentamiento se produce entre policía y piquetes, por razones poco concretas, por la tensión del ambiente, que parece aumentar cuando un autobús intenta acceder a cocheras atravesando toda la masa de gente, situada en frente de la puerta principal del complejo. Es raro que haya terminado allí porque los vehículos suelen entrar  y salir por la izquierda y derecha del edificio. La gente se revuelve.

Pocos minutos después, se registra un rifirrafe entre un grupo de personas y los agentes que tienen delante. Hay dos detenidos, un chico y una chica, los dos jóvenes. Un policía asegura que ha sido por “lo de costumbre”:  desorden público y resistencia a la autoridad. Estas detenciones elevan la tensión y acaba produciéndose un nuevo choque, esta vez más violento. Las primeras filas de huelguistas intentan romper el cordón de seguridad. La policía carga con las gomas, un chico joven recibe un fuerte golpe con el mango de una porra en la cabeza y sangra abundantemente. Es asistido por una ambulancia medicalizada del SAMUR. Entra la caballería para intentar frenar el avance de los huelguistas, pero estos se enfrentan sin miedo a los animales. Se producen momentos de mucha violencia entre unos y otros. Unos pasos por detrás del cordón, un agente sostiene muy dispuesto un artefacto para lanzar pelotas de goma, pero no llega a utilizarlo.

La carga policial se salda con un herido

Finalmente la fuerza policial se impone sin causar más heridos ni detener a más personas. Hay un par de amagos más de enfrentamientos, la gente insulta a los agentes, un señor bajito se encara con uno porque le ha empujado cuando él “estaba quieto sin meterse con nadie”. El incidente no pasa de cuatro insultos y cuatro amenazantes advertencias del policía para que se calle.

Los autobuses de la EMT cumplieron los servicios mínimos con normalidad

Son ya las siete y media de la mañana y la muchedumbre comienza a disolverse. Nacho, miembro del comité de huelga de CC.OO y encargado de corroborar que se han cumplido los servicios mínimos en las cocheras informa de que sí, de que se ha cumplido todo a la perfección. La gente se dispersa, la policía también se va retirando. Ahora comienza el día de huelga en Madrid.

Nuestro ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, soltó ayer en el Senado una nueva perla en su lucha encarnizada contra el aborto: La maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”. Esto es, que si no soy madre nunca, ¿no seré una mujer de verdad? Si alguna vez aborto voluntariamente, ¿me quedaré en mujer a medias?

Me sorprende y me escama la preocupación obsesiva de este hombre defendiendo lo indefendible. Ya fue sonado que dijera que existe en España una violencia estructural contra las mujeres que se quedan embarazadas y no desean abortar, aunque sin concretarla. Es una visión completamente sesgada de la realidad. Siempre ha habido presiones, por uno y otro lado, cuando una mujer se ha quedado embarazada en un “mal momento”, por decirlo así. Todos conocemos algún caso más o menos cercano: Una adolescente que se quede embarazada a menudo tiene que oir a su alrededor opiniones de todo tipo: que aborte, que no aborte, que menuda burrada cargarse al niño, que si no se lo quita de encima se arrepentirá toda la vida, que dónde va con un crio ahora, que si aborta se deprimirá para siempre jamás… A la gente le encanta opinar sobre todo, con o sin conocimiento de causa, y un tema tan polémico como este no iba a ser menos. El mismo argumento de Gallardón se podría utilizar al revés.

Obligar a una mujer a tener un niño que no desea es tan grave como impedirle que continúe con una gestación deseada. Y a estas alturas parece que nadie entiende que esta es una decisión muy dificil y muy personal, que cada mujer conoce mejor que nadie las razones por las que toma una u otra decisión. Nadie, por muy ministro, médico, padre o juez que sea, tiene derecho a decidir qué debemos hacer con nuestro cuerpo en una situación tan delicada. Se aceptan consejos, pero no imposiciones.

Gallardón, con sus peregrinos argumentos, intenta defender su futura reforma de la ley del aborto, prevista para otoño de 2012: volver a la ley de plazos de 1986 en la que una mujer solamente puede abortar en tres supuestos: que haya sido violada, que el feto sufra malformaciones o que el embarazo suponga un riesgo para la salud de la madre. Hasta ahora se puede abortar hasta las 14 semanas de embarazo, -hasta la 22 si hay riesgo para la vida de la madre- y las menores de 16 y 17 años no necesitan consentimiento paterno. Gallardón, entre otras cosas, se carga esto último, haciendo que las menores no puedan interrumpir la gestación sin que sus padres las autoricen.

Más que una violencia estructural, en España existe una dejación evidente a la hora de ayudar a quiénes son o quieren ser madres. En estos momentos de grave crisis y elevada tasa de paro, echo en falta ayudas económicas por niño nacido, por ejemplo. Si Gallardón quiere presumir de medidas progres de verdad, le animo a que deje en paz la ley del aborto actual y eche un vistazo a la legislación de países como Suecia, donde hay importantes subvenciones, donde las mujeres tienen amplios periodos de baja maternal y reciben compensaciones económicas durante los primeros años de vida de los hijos.

Hay que insistir más es en la prevención, que es donde reside el problema de fondo de los embarazos no deseados. Fomentar los programas de prevención, la concienciación de los más jóvenes sobre el riesgo que supone practicar sexo sin protección -no solo embarazos, sino Etts- debería ser prioritario.  Sin embargo, nada de esto se tiene en cuenta.

Tristemente, el titular sigue siendo que el Gobierno recortará los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres.

Homenaje a las víctimas del doble atentado en Oslo. Foto:AFP

Un día de verano el mundo se estremeció a causa de la matanza ocurrida en Noruega a cargo de Anders Behring Breivik. Dejó tras de sí 76 víctimas a las que asesinó sin prisa pero sin pausa, convencido de que hacía lo correcto en aras de la doctrina ultraderechista e islamófoba que idolatra.

El mundo después se sorprendió cuando tuvo acceso a su fotografía, y especialmente a su perfil de Facebook porque ¡Oh, sorpresa, sorpresa! Es un señor alto, rubio, bien parecido, con su propia empresa y con aficiones tan políticamente correctas como la lectura, la escritura o la música clásica. Un tío como los que una mujer puede conocer en un bar de Oslo, la entrañable, pacífica y civilizada Oslo, llena de noruegos igual de pacíficos y civilizados. Y se iría del bar pensando, quizá, que has conocido a un hombre interesante y encima guapete. Que qué suerte.

Cuando hacía estas reflexiones en mi muro de Facebook, hubo alguien que con mucho acierto preguntó ¿Es que alguien con apariencia normal no puede ser un asesino? ¿Ha de tener cara de macarra profesional? Evidentemente, no. Todos sabemos ya que los malos que secuestran niños son señores que sonríen y llevan caramelos en el bolsillo. Pero ¿lo sabemos o nos lo creemos de verdad?

Foto del perfil de Breivik en Facebook

Y es que, después, leí otra aportación que me llamó aún más la atención: ¿Por qué las fotos que las fuerzas de seguridad enseñan de los terroristas más buscados son siempre de señores con facciones muy marcadas y mirada de maleante?  Y, sin embargo, las caras de los políticos que salen en los carteles electorales salen retocadísimas para que tengan una expresión de no haber roto nunca un plato: sonrisas blanqueadas, rasgos suavizados, arrugas que se mitigan, cejas que se perfilan, barbas que se recortan….

Otro ejemplo que también está en lo alto del candelero en estos días: tres indignados consiguen burlar el cordón policial y entregar sus peticiones en el Registro de las Cortes. ¿Cómo lo hicieron? Yendo bien vestidos. Y así, otra vez se ha caído en el estereotipo que estamos intentando negar una y otra vez. Los mismos chicos, vestidos con su ropa de calle, con sus posibles piercings o rastas, sólo se hubieran llevado una negativa y quizá un porrazo. Pero con tacones, vestiditos y pantalones de pinza, han llegado más lejos que cualquiera de los cientos de manifestantes que les acompañaban.

Volviendo a lo de Noruega, ahora se dice que Breivik estaba loco y nos quedamos tan tranquilos. Pero eso no es una solución ni una realidad. El asesino de Utoya no está loco, sólo ocurre que es malo. Malo como los fanáticos de turbante que se autoinmolan por ahí. Sólo que este ni es musulmán ni lleva turbante, es rubio y casa con el modelo de “buena gente” que tenemos instaurado en el cerebro. Es un semejante, es de nuestra cultura, aquí no podemos alegar las diferencias religiosas, culturales y educacionales que esgrimimos cuando el atentado viene de parte de un grupo islámico. Y esto descoloca.  Porque, efectivamente, nos resquebraja nuestros esquemas mentales sobre la diferencia entre el bien y el mal.  Así que es mucho más fácil salirse por la tangente diciendo que está loco y así evitar un cortocircuito cerebral.

Noruega ha hecho muy bien mostrando la realidad tal y como es, porque va siendo hora de que nos creamos que muchos chicos con pantalones de pinzas podrían volver matar a 76 personas otra vez en nombre de un fanatismo y sin pestañear. Breivik no está loco, porque ha conseguido poner en jaque a toda Europa y difundir su mensaje homófobo por todos los rincones del globo. No fue un acto de locura, fue una estrategia meditada, planificada y perfectamente plasmada en un mamotreto de 1.500 páginas. No está loco, es un hombre blanco y malo. Un fanático blanco. Una figura que no queremos ver, pero existe desde hace tiempo, y habrá de tomarse en cuenta de una vez, dejando atrás cualquier tópico. La extrema derecha avanza por Europa peligrosamente y éste ha sido el ejemplo más claro. Antes mataban homosexuales y mendigos. Ahora ya no se conforman.

Y por favor, dejemos a los locos en paz, que bastante tienen con lo suyo. Como para que encima les metan en el mismo saco que los asesinos más fríos y sanguinarios.

 

Hace un mes que volví del sureste asiático. Aún no me he asentado del todo pero ya siento la necesidad de partir de nuevo. Esta vez no va a ser posible. No hay dinero, no hay medios. He cubierto las necesidades más imperiosas: un trabajo precario para pagar el alquiler, comer… y pare usted de contar, que veinte horas no dan para mucho más. He venido para engordar un poco más la abultada lista de “jóvenes-aunque-sobradamente-parados”.

Ahora tengo todo el globo terráqueo para buscar un empleo como periodista, como fotógrafa, como ambas, o como cualquier cosa que me quieran dejar hacer y que sea más interesante que poner palomitas en un cine de provincia. Porque, a todo esto, esa es mi nueva faceta laboral: palomitera y expendedora de chuches a media jornada.

De momento no hay suerte, o si la hay, es mala-malísima. Mientras encuentro mi sendero particular hacia la satisfacción profesional y las nóminas de más de 3 cifras, seguiré contando aventuras desde este espacio, el único desde el que me dejan publicar de momento.

Y mientras, también estoy intentando poner un poco de orden en mi galería de Flickr.

Seguro que este monje se come el tarro tanto como yo

Con gran tristeza he de decir que estas son las últimas palabras que escribiré desde el sureste asiático. Hoy es 25 de abril, estoy en mi “adorada” Bangkok y en unas horas cojo un avión que me llevará hasta Madrid.

Tengo sensaciones encontradas, malas y buenas. Por una parte tengo ganas de marcharme ya, de cerrar este capítulo y comenzar uno nuevo en España. Tengo ganas de ver a mi familia, a mis amigos, de caminar por aceras sin que me atropellen motos, de caminar sin una enorme mochila a la espalda, de poder ducharme con agua abundante en un baño limpio… ¡qué narices! De beber agua del grifo, simplemente. Y de comer tortilla de patatas, jamón serrano y un buen cocido montañés en mi tierruca.

Por otra parte, siento que me voy en mal momento, cuando volaba de verdad. Durante estos dos meses no me he explayado mucho con mis estados de ánimo, pero hoy voy a hacer una excepción: me ha costado mucho esfuerzo adaptarme a Asia. Las dos primeras semanas, incluso, pensé en cogerme un avión de vuelta a casa. Me entró bajonazo. Me he sentido muy sola, y no es porque no haya ido acompañada, pero supongo que para un viaje de estas características necesitas elegir muy bien con quién te juntas y con quién no. Tambien me ha ocurrido que el choque cultural ha sido muy fuerte. Nunca había viajado tan lejos, ni me había mezclado con gente de costumbres tan distintas a las mías. El calor y la suciedad  generalizada en casi todas partes me han puesto nerviosa muchas veces.

No obstante, no me he ido porque me recordaba continuamente que este viaje era una prueba de superviviencia y de fortaleza, y no un crucero de lujo. Ahora puedo decir que estoy muy orgullosa de mi misma, exáctamente en la misma proporción en la que me avergüenzo de mis debilidades de la primera semana. Es decir, un huevo.

Ahora me da mucha pena irme porque estoy disfrutando muchísimo del viaje, ya soy una mochilera despreocupada más y creo que me he adaptado bien a esta vida de nómada y a estas gentes tan particulares. Por eso me da pena irme, me da la sensación de que me dejo este proceso a medias, pero no me queda más remedio que marchar.

Esta es la reflexión que me surje ahora mismo. Dentro de unos meses volveré a escribir, ya con más perspectiva, a ver qué tal me siento. De momento solo me resta añadir que he pasado mis dos últimos días con sus dos noches en un hotelazo de cuatro estrellas en Bangkok, (tampoco es para tanto, la habitación no pasa de 50$) disfrutando de una ducha decente y un colchón cómodo tras dos meses de estrecheces. Y sin remordimientos. No he salido para nada del hotel, me he limitado a tomar el sol, bañarme en la piscina, comer muy bien y leer sin descanso unos libros que conseguí en una vieja librería de intercambio en Chiang Mai.

No quiero terminar sin dar las gracias a todas las personas que me habeis seguido y animado a través de este blog, del facebook y del correo electrónico. Espero poder seguir contando aventuras y que vosotros me sigais leyendo y escribiéndome más. La verdad es que no esperaba tener visitas y he recibido un montón, es una pasada.

No me extiendo más. No es un adiós. Como suelo decir… ¡Seguiremos informando!

 

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